Cómo tomar decisiones difíciles
Y qué podés hacer al respecto
El otro día conversando con un amigo recordé que hace exactamente 10 años había tomado una de las decisiones más importantes de mi vida.
Por supuesto que en ese momento no tenía idea del impacto que una decisión como aquella tendría en mi futuro y carrera. Mudarme de ciudad fue una apuesta que mi pareja de ese entonces y yo sentimos que teníamos que hacer frente a una realidad que ya nos quedaba chica, una incomodidad insoportable con nuestro presente, y un profundo deseo por expandir nuestra percepción de lo posible.
Mientras recuperaba esas imágenes del pasado, no pude contener el asombro al ver lo fácil que fue para mi yo de ese momento dar semejante salto. No es que eso haya simplificado el proceso de materialización de mi nueva realidad. Todo lo contrario. Pero si es sorprendente, diez años después, recordar la convicción que tenían mis ojos frente a semejante movimiento de energía. Como una certeza de que la vida me quería ahí. Que todo iba a estar bien.
Viéndolo en retrospectiva, hoy me sucede todo lo contrario.
Hace meses que me siento en un limbo. Como si dos fuerzas estuvieran tirando de los extremos para quedarse conmigo. En el medio, una decisión que debo tomar como si mi vida dependiera de ello y las agujas del reloj, que no perdonan, observando cada uno de mis movimientos mientras veo los días tacharse en mi calendario.
Necesito actuar. Pero no sé cómo actuar.
¿Cómo se toman las decisiones difíciles?
¿Por qué algunas decisiones parecen de vida o muerte mientras que otras ni siquiera pasan por el filtro inquisidor del razonamiento?
Sobre eso hablaremos en este correo.
Por qué algunas decisiones son difíciles de tomar
Cuando una decisión difícil se instala en nosotros suceden muchas cosas que hacen a la situación todavía más compleja. Principalmente tres.
Lo primero que sucede es que nos paralizamos con información. Creemos equivocadamente que si estudiamos más el contexto de la situación, las ventajas y desventajas de cada alternativa posible, entonces tendremos en claro qué decidir.
Queremos encontrar la señal que nos falta en el próximo artículo, en la opinión de nuestros amigos, familiares o terapeuta. Nos engañamos creyendo que la salvación ante semejante estado de incomodidad está allá afuera: en los datos, los consejos y la experiencia de otros que ya estuvieron en el lugar que no estamos logrando ocupar. Pero de más está decirte, aunque te resistas a creerme, que la solución no está ahí.
Conozco personas que llevan años analizando si deben cambiar de trabajo, terminar con una relación que ya no soportan o apostar por un negocio propio. Ninguna de estas personas, y con una mano en el corazón te digo que ninguna, es lo suficientemente idiota como para no estar en condiciones de encarnar esa realidad que desean. En realidad no lo hacen porque analizar demasiado tiene la trampa de hacernos creer que nos estamos ocupando, cuando en realidad no hacemos más que evitar el momento en que tendremos que actuar y hacernos cargo de las consecuencias de esa decisión que tomamos.
El problema con esto es que algunas decisiones son justamente difíciles porque todas sus opciones, a pesar de sus características, son valoradas por igual. Por eso no podemos analizarlas en términos exactos y cuantificables, sino que las vemos como alternativas que están en el mismo rango de valor, pero con distinta naturaleza. Es lo que hace que para algunas personas la decisión entre apostar por su carrera y emigrar por trabajo o priorizar la cercanía con su familia sea imposible de evaluar en términos de pros y contras, porque para ellas, ambas alternativas son igual de importantes.
Lo segundo que sucede es que muchas veces nos vemos atraídos por tomar la decisión más segura creyendo que es la correcta, cuando históricamente la decisión más segura no siempre es la correcta.
Muchas veces confundimos quedarnos donde estamos o ir por la alternativa menos dolorosa en el corto plazo como un acto de prudencia y madurez. En realidad, no es más que miedo a reconocer que todo aquello que nos traerá expansión y bienestar en el futuro, hoy es terreno desconocido para nosotros. Y lo desconocido nos aterra.
Y por último, está lo que para mi es el peor error que un ser humano puede cometer cuando toma una decisión:
Delegarle el poder a otro.
Con esto no me refiero necesariamente a pedirle a alguien que decida por nosotros, sino en algo más sutil e imperceptible como decidir en base a lo que el resto considera que es lo correcto para nosotros.
Son incontables los sueños y experiencias que murieron por esto. Desde artistas que nacieron para vivir de la música, pero que optaron por un trabajo de 9 a 5 porque es lo que la mayoría del mundo hace, hasta abogados que les encantaría abrirse un canal de YouTube para hablar de de desarrollo personal y compartir su sabiduria, pero no lo hacen porque creen que los volvería menos profesionales frente a sus colegas. Ejemplos sobran.
Sin darnos cuenta, salimos a buscar afuera la validación que no podemos darnos a nosotros mismos. Comprimiendo nuestras partes más únicas para pertenecer a un mundo que no fue hecho para nosotros, por miedo a crear el nuestro. Silenciando nuestra voz para perdernos en las voces del resto.
Todo esto tiene una trampa de trasfondo que vale la pena reconocer:
Que la inacción es también una forma de decisión.
Recordar esa verdad fue lo que me sacudió por completo y me obligó a recuperar el dominio de un poder que hasta ahora se lo había cedido a la creencia de que el tiempo se ocuparía de darme la claridad que no estaba pudiendo obtener por mi cuenta. Si, el tiempo ayuda, pero en la medida en la que hagamos nuestra parte.
Esta vez dejé de salir a buscar afuera y por primera vez me animé a la posibilidad de encontrar algo por dentro.
¿Qué descubriste? Me preguntarás. Es lo que estoy a punto de contarte.
Decidir desde la nueva identidad
Muchas veces, algunas decisiones son muy difíciles de tomar porque entran en conflicto con la nueva identidad que queremos encarnar. No con la que existe.
Por eso no tiene sentido insistir en buscar la mejor alternativa, porque en este contexto, las mejores alternativas no existen.
En cambio, debemos preguntarnos:
¿Quién quiero ser?
Esa pregunta es mucho más íntima, eficiente y poderosa que intentar encontrar razones para decidir donde no las hay.
Las decisiones son un subproducto de nuestra identidad. Por eso, cuando decidimos desde quién queremos ser, en vez de quién estamos siendo hoy, tarde o temprano, las decisiones que tomemos nos llevarán a esa nueva identidad que estamos construyendo desde el presente, hasta volverse parte natural de nosotros.
Esta es la razón por la que algunas personas son “víctimas” de sus decisiones, y otras llegan muy lejos gracias a ellas. Mientras que unas permiten que el entorno, la comodidad y el miedo decidan por ellas, otras utilizan sus decisiones como trampolín para convertirse en la persona que deseaban ser, por más difíciles que estas sean de tomar.
El poder de los experimentos
Existe otra solución al problema de las decisiones difíciles que estoy integrando gracias a un libro que me está ayudando muchísimo: Micro Experimentos de Anne-Laure Le Cunff.
Lo que la autora propone, a partir de su experiencia atravesando una profunda crisis de identidad después de haber renunciado a Google, es que en vez de perseguir metas lineales y predecibles, como perseguir una carrera profesional en una empresa o buscar hijos inmediatamente después de casarte, la mejor manera de descubrir qué es lo que realmente queremos para nosotros es permitiendo que la curiosidad nos guíe.
Para eso, es fundamental que desarrollemos una mentalidad experimental con la vida, que nos permita convertir la incertidumbre en oportunidades y las dificultades en autoconocimiento.
Empezar a ver las decisiones como micro experiementos que me ayuden a ganar claridad, y no como algo de vida o muerte, es lo que me está permitiendo salir del estancamiento, descubrir qué es lo que realmente quiero para mi vida y darle espacio a las nuevas posibilidades, sin la presión de sentir que mi futuro está en riesgo.
Por ejemplo, en vez de preguntarte:
¿Debería empezar a construir mi marca personal?
Podrías decir:
Voy a publicar 4 veces a la semana en Instagram durante 90 días.
La ventaja de esto es que te estás dando el permiso de descubrir si realmente es lo que querés hacer, en vez de tomar la decisión desde un lugar donde todavía no te sentís del todo confiado de hacerlo. En palabras de John Maxwell, a quien la autora menciona en el libro:
“Cuanto más hagas, más vas a fallar. Cuanto más falles, más vas a aprender. Cuanto más aprendas, más vas a ganar.”
Entender que no existen las decisiones correctas
Cuando vemos hacia afuera, especialmente si nos comparamos con el resto, es muy fácil creer que realmente existen las decisiones correctas.
Vemos al resto apostando a su carrera y creemos que eso es lo que deberíamos hacer con nosotros.
Vemos que las parejas de nuestro círculo están casadas y pensamos que ya deberíamos hacer lo mismo con la nuestra.
Vemos a nuestros amigos emigrar de país y nos convencemos de que deberíamos hacer lo mismo.
Pero en realidad, nada de eso es cierto.
La mejor decisión es la que se sienta más coherente para vos.
Lo paradójico de esto, es que cuando actuamos desde la total coherencia entre lo que decimos, hacemos y sentimos, tarde o temprano las cosas se terminan dando. Muchas veces, más rápido de lo que pensamos.
Por eso, lo peor que podemos hacer es actuar desde el miedo y, en lo posible, evitar decidir desde la necesidad.
Hoy la pregunta que mejor me está ayudando a decidir es tan simple como poderosa:
¿Qué es lo que quiero optimizar en mi vida hoy?
¿Querés optimizar tu carrera? Entonces tendrá más sentido buscarte un trabajo en el que puedas desarrollar tu profesión.
¿Querés optimizar tu tiempo? En ese caso, tendría más sentido que trabajes por tu cuenta.
¿Querés optimizar tus experiencias? Posiblemente te venga muy bien llevar una vida remota por un tiempo.
Me gusta mucho las heurísticas que usa el reconocido emprendedor e inversor Naval Ravikant para la toma de decisiones:
Si no podés decidir, la respuesta es no.
Si tenés que tomar una decisión y ambas son parecidas entre ellas, tomá el camino que sea más doloroso en el corto plazo.
Y por último, tomá la decisión que te deje más en paz en el largo plazo.
Más allá de eso, me parece importante volver al origen de este último punto:
Sea cual sea la decisión que tomes, va a ser la correcta para la persona que sos hoy.
Pensar que una decisión es correcta en términos absolutos es creerse la mentira de que todo permanece estático en el tiempo. Inamovible. Que la persona que fuiste cuando decidió y la decisión misma jamás cambiarán.
Pero la vida, una y otra vez, nos demuestra que todo cambia.
Y justamente para eso están las decisiones:
Para mantenernos en movimiento.
Hacemos lo mejor que podemos con la información que tenemos, y las decisiones que tomamos son la mejor herramienta que tenemos para descubrirnos en esta maravillosa experiencia llamada vida.
Lo único que podemos controlar es desde qué lugar nos paramos a la hora de elegir.
Y por eso, al final, las mejores decisiones las toman los valientes.
Te mando un abrazo,
A
“Nuestras dudas son traidoras y nos hacen perder el bien que a menudo podríamos ganar por miedo a intentarlo.” – William Shakespeare



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