Primero es para vos
El sutil arte de silenciar el mundo
Cuando iba a la escuela mi momento favorito del año eran las vacaciones de verano.
Cualquier persona racional que lea esta confesión podría sentirse identificada, y en la mayoría de los casos sería por las razones equivocadas.
Amaba las vacaciones de verano porque significaba no tener que levantarme todas las mañanas para soportar toda la violencia y maltratos que recibía de mis compañeros. En cambio, podía pasarme las noches creando en mi computadora sin tener que darle explicaciones a nadie.
Casi 3 meses de completa tranquilidad y disfrute diseñando páginas web en mi cuarto, colaborando con gente de todo el mundo en foros de internet y creando en estado similar al trance hasta las 6 de la mañana, cuando salía el sol para recordarme que ya era hora de irse a dormir.
Ese comportamiento que me acompañó durante muchos años de mi adolescencia fue producto de una fuerza interior mucho más grande que yo y de la que no tenía control. Simplemente me dejaba llevar por el disfrute y el entusiasmo de estar creando algo que tenía mucho sentido para mi.
No lo hacía porque veía que otros referentes lo hacían.
Tampoco lo hacía porque sentía culpa conmigo.
Lo hacía porque quería. Porque me encantaba.
Viendo en retrospectiva, hoy me considero muy afortunado de haber tenido una adolescencia libre de todo el ruido que hoy tenemos que soportar de gente haciéndonos creer que tiene una solución para todo. De hecho, muchas veces me cuestiono si podría haber tenido esa experiencia tan pura, genuina e íntima de haber sucedido en estos tiempos de tanta influencia externa.
Lo que si estoy seguro es que esos años de mi vida que atesoro con tanto cariño me dejaron una lección valiosísima:
Hagas lo que hagas, primero tiene que llenarte a vos.
Hoy es muy fácil hacer cosas que en el fondo no nos gustan.
Vemos que alguien que parece tener la vida resuelta hace algo e inmediatamente pensamos que si reproducimos lo mismo seremos como ellos.
O escuchamos a alguien que aprendió a captar nuestra atención decirnos con total seguridad que ahora lo que funciona no es A sino B y entonces abandonamos lo que nos daba disfrute, por algo que en realidad no nos interesa, no nos representa y que por supuesto tampoco nos funcionará.
En esencia, el problema nunca es lo que hacemos sino las razones detrás de lo que hacemos.
El ejemplo más claro que se me viene a la cabeza en este momento es con el diseño.
Durante muchos años, especialmente en la pandemia, varias academias digitales y referentes del sector le prometieron a la gente que si se formaban en Diseño UX/UI tendrían asegurado un trabajo en dólares y 100% remoto.
El problema es que ese discurso llevó a muchas personas a tomar acción por las razones equivocadas.
En vez de ingresar a este maravilloso mundo impulsados por la curiosidad, el interés genuino y el impacto que tendría su aporte en las personas, lo hicieron motivados por el resultado material que recibirían:
Más dinero.
Más beneficios.
Más flexibilidad.
Y cómo lo material cae por su propio peso, esa invitación que para muchos parecía tan atractiva al principio terminó chocando contra una de las fuerzas más poderosas de todas:
El tiempo.
Absolutamente nada valioso en la vida sucede de la noche a la mañana.
Todo lo bueno requiere tiempo y constancia.
Un tiempo que no controlamos.
Y una constancia que no podemos sostener si algo no es importante para nosotros.
Es muy fácil abandonar cuando ponemos la motivación en factores externos:
Reconocimiento.
Riqueza material.
Validación externa.
No me malinterpretes. No tengo nada en contra de esto.
El problema es cuando creemos que eso es lo importante.
Cuando ponemos toda nuestra energía en lo externo y descuidamos lo interno.
Cuando creemos que la solución a todos nuestros problemas está en cómo nos ven, y no en cómo nos sentimos.
Por eso la gente que hace cosas porque genuinamente les mueve algo por dentro tiene muchas más probabilidades de tener éxito que cualquiera que hace algo por moda, aprobación social o riqueza material.
Alguien que le encanta tener conversaciones profundas con las personas tiene más chances de tener un podcast exitoso que otra que empieza uno porque ve que sus referentes tienen muchos seguidores y ganan mucho dinero con el suyo.
Un escritor que lanza un newsletter porque ama transformar sus ideas en palabras tiene más posibilidades de publicar periódicamente y monetizar a su audiencia que alguien que se abre uno porque escuchó a algún gurú decir que el email marketing es la mejor herramienta de persuasion y ventas del 2025.
Y es más probable que un diseñador que ve su profesión como una herramienta para llevar la tecnología en manos de las personas termine trabajando con clientes soñados, ganando mucho dinero y atrayendo oportunidades increíbles, que uno que lo hace porque escuchó que así podría tener un sueldo en dólares y trabajar en su casa.
La sutil diferencia entre actuar desde el amor o desde el miedo.
En una de las tantas entrevistas que le hicieron a Steve Jobs, el fundador de Apple habló sobre la importancia de la pasión en lo que hacemos y esto fue lo que dijo:
“La gente dice que tenés que tener mucha pasión por lo que estás haciendo, y es totalmente cierto. Y la razón es porque es tan difícil que, si no la tienes, cualquier persona racional se rendiría. Es realmente difícil y tienes que hacerlo durante un período sostenido de tiempo. Así que, si no lo amas, si no te diviertes haciéndolo y realmente no lo amas, vas a darte por vencido.”
Creo que es por eso que siempre trato de encontrarme en las cosas que hago.
En los proyectos que emprendo.
En los clientes con los que trabajo.
En el contenido que publico.
A veces pienso que esto me juega un poco en contra porque me lleva a identificarme mucho con el resultado. Pero también reconozco que verlo de esa manera me lleva a sentir que lo que estoy creando me ayuda a conocerme un poco más y a permitirme ser visto por las personas correctas.
Cuando honro ese filtro, termino aprendiendo algo sobre mí que antes ni sabía que existía. Como si el proyecto fuese la excusa y el autoconocimiento la recompensa.
Hace varias semanas decidí alejarme por completo de Instagram. Para serte completamente sincero, no es la primera vez que lo hago en lo que va del año.
Decidí hacerlo porque de repente dejé de disfrutar de lo que estaba haciendo.
Dejé de encontrarme en el contenido que creaba, en las personas que llegaban y en el servicio que ofrecía.
Al principio hice lo que todo el mundo que construye un negocio alrededor de una red social hace: ver qué es lo que hace el resto para identificar qué estaba haciendo mal. Como si la respuesta estuviese en la falta, en ver el vaso medio vacío.
El punto de quiebre fue darme cuenta que ese comportamiento no hacía más que hacerme sentir cada vez más pequeño por lo desorientado que estaba. Ahí fue cuando decidí tomarme un tiempo para buscar adentro lo que intentaba encontrar afuera.
Esa desconexión total con lo que fue mi realidad en algún momento, me llevó a conectar con lo que es verdadero para mi. Lo que genuinamente disfruto hacer, lo que me identifica y me enciende.
Lo que quiero decirte con esto es que nadie más que vos sabe lo que es mejor para vos.
Nadie más que vos sabe lo que mejor te funciona. Lo que es real y lo que es distracción para las masas. Estoy seguro que en algún momento lo experimentaste.
Es imposible hacer crecer algo que en el fondo no creemos, que no nos llena el alma, ni nos aporta disfrute.
Para mi, ese es el punto de partida para todo en la vida.
Porque construir algo sólido y significativo lleva tiempo, esfuerzo y mucha persistencia. Todo el tiempo estamos negociando con nosotros mismos.
¿De qué te sirve exponerte a todo eso cuando en el fondo sabés que estás transitando un sendero que no te pertenece, viviendo el sueño de otro?
Llegar a destino está bueno. Pero el presente se vive en el camino.
Y la mayor recompensa de todas está en llegar a ese lugar con la paz de saber que te convertiste en la persona que siempre soñaste ser para vos. No para el resto.




Leerte siempre es cine, gracias por tu brutal honestidad.